Las cámaras fotográficas actuales, son una chulería, tienen un montón de ajustes y hacen fotos de una calidad que hace unos años ni se imaginaba. Pero por muy buenas que sean, nunca llegarán a lo que consigue hacer el ojo humano. El ojo humano, en conjunción con el cerebro, realiza procesados de datos a una velocidad tremenda, tanto que ni siquiera lo notamos. Uno de esos procesos que realiza el cerebro en milésimas de segundo, la cámara es incapaz de hacerlo, y es el que se denomina Balance de Blancos.
La luz cambia de calidad a lo largo del día. Al atardecer es más anaranjada que a mediodía. La luz de una bombilla no da la misma luz que el sol. Todo tiene que ver en cómo la fuente de luz distribuye los colores primarios (RGB – rojo, verde y azul). El ojo humano controla esos cambios de forma automática, por lo que en cualquier situación de luz, el color blanco será siempre blanco.
La cámara de fotos no tiene esa capacidad, y es un ajuste del que nos tenemos nosotros que encargar, tenemos que decirle a la cámara en qué situación nos encontramos en cada momento. Por supuesto, hay un ajuste automático de balance de blancos, pero yo no tengo muy buena relación con ese automatismo, y siempre lo ajusto personalmente.
Los ajustes prefijados son claros:
AUTO – SOL – SOMBRA – NUBLADO – FLASH – FLUORESCENTE – TUNGSTENO – PERSONALIZADO
Pero no todo queda en la cámara, ya que en el programa de revelado, como por ejemplo el Aperture, podemos afinar mejor el Balance de Blancos y debemos hacerlo. También se puede usar este parámetro como elemento artístico, forzando los valores para que una foto aparezca más fría o más cálida.
Para comprobar como funciona este ajuste, lo mejor que podéis hacer es hacer varias fotos en una misma situación variando el balance de blancos, comprobando después cómo varía el color en cada una.
Ale, ¡a quemar tarjetas!
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